lunes, 22 de abril de 2013
"El cine siempre va a perder si trata de imitar la realidad"
En nuestra última clase hablamos sobre los intrincados caminos que unen realidad y ficción en la literatura. Hace unos días encontré entrevista que le hicieron al cineasta portugués Miguel Gomes donde explica su interesante manera de ver el tema:
“El único cine que es interesante es el que tiene una conexión con la realidad” ha dicho Gomes, que sin embargo aclara lo obvio: que el cine siempre va a perder si trata de imitar la realidad. Porque la realidad –subraya por si hiciese falta– es más real que el cine. “Creo que una de las cosas que más me molestan del realismo es que siempre parece que el director está haciendo un gran esfuerzo para convencer al espectador de que lo que está viendo es la realidad. Y entonces tienen que creerle. Yo creo que el camino opuesto es mucho más interesante: es mucho mejor no ver al animal en la jaula, pero decidir creer que está ahí. Hacer el esfuerzo como espectador por aceptarlo, de decidir creer en lo que no es real. Hay un director norteamericano que me encanta, se llama Wes Anderson. En su película Los Tenenbaums hay una escena con Gene Hackman, en la que su personaje va a ver a su hija actuar en una obra con sus hermanos, y cuando le preguntan qué piensa de lo que vio, él responde: ‘Bueno, son sólo un grupo de chicos disfrazados de animales’. Porque él no cree. ¡Y el cine es sólo un grupo de chicos disfrazados de animales! Es uno el que tiene que decidir si cree, si acepta el pacto. Y para mí en eso reside toda la belleza del cine.”
El resto de la nota pueden leerla acá
Pd: La pintura que ilustra este post se llama "Test de la inocencia del ojo" del pintor norteamericano Mark Tansey.
Les dejo una pregunta... ¿Por qué creen que tiene ese título?
jueves, 14 de abril de 2011
Infierno grande y la literatura política
Hablando de Infierno grande: “Infierno grande”, el cuento acaba de ser publicado en el New Yorker.
Sí. “Infierno grande” fue un cuento que escribí cuando tenía… A los 20 años lo empecé a escribir y me di cuenta que tenía entre manos algo que no estaba todavía en condiciones de oficio para desarrollarlo. Lo dejé por la mitad, y lo retomé a los 23 años. Fue un cuento extraño porque lo escribí al final de la dictadura, entre el final de la dictadura y el principio de la democracia. Siempre, desde que lo terminé, fue un cuento que tuvo un gran reconocimiento, muy inesperado en su momento. Por ejemplo, un director de cine, Martínez Suárez, se interesó por hacer una adaptación. Lo publicó El porteño en su momento, cuando nadie me conocía. La primera vez que me publicaban. Ganó un premio literario. Es un cuento que después se tradujo a varios idiomas. Y ahora, veinte años después, el New Yorker lo ha publicado, para mí fue un gran orgullo.
Me parece que es la única literatura que hay hacia el Proceso en toda tu narrativa. ¿Puede ser? En Acerca de Roderer quizás, aparecen Las Malvinas.
Escribí otro cuento que se llama “Retrato de un piscicultor”. Fueron mis dos tentativas con respecto al relato político. Cuando empecé a escribir, yo tenía una militancia política bastante dominante en esos años, y mis primeros cuentos, algunos eran cuentos fantásticos y otros eran cuentos que tenían que ver con lo político. Incluso escribí una obra de teatro. Pero siempre me resultaba muy difícil el tema político en la literatura, tanto por la tradición, creo yo, agotada que había en un sentido, ¿no?: la literatura testimonial, la literatura del compromiso, etc., como por lo que yo veía que era un cliché opuesto que empezaba a aparecer. Que era el cliché de encontrar la infancia desgraciada del torturador, mostrar que los montoneros habían sido todos finalmente traidores a sus compañeros. Había un cliché de dar vuelta simétricamente los valores para no caer en una especie de ingenuidad política del izquierdismo fácil. Frente a una representación cristalizada que hubo durante muchos años, de una literatura que tiene que ver con la revolución cubana, la posibilidad de que hubiera una revolución similar en la Argentina, etc., etc., apareció el cliché opuesto.
A mí me interesaba encontrar una manera de quebrar esos parámetros que tienden a entrar en el relato cuando es político. Hay algunos imperativos ideológicos que aparecen, y yo quería era hacer un texto literario que pudiera obviar esa clase de “campos magnéticos” que distorsionaban todo. Y entonces se me ocurrieron estas variantes. Dos variantes intenté: las únicas dos variantes que se me ocurrieron que me parecieron originales. Porque me parece que lo interesante en una tradición muy asentada –para los que hablan en contra de la tradición– es la posibilidad de superarla, de hacer algo diferente, de tomarla como piso para hacer algo distinto. Toda tradición lleva en sí una especie de problema hacia el futuro. Cómo adoptarla, cómo quebrarla, por dónde desarrollarla de una manera original.
Yo hice el cuento “Infierno grande” que tiene que ver con la aproximación a través de un relato policial clásico y después hice otro cuento que se llama “Retrato de un piscicultor” en donde muy indirectamente se cuenta la vida de una persona, toda una vida a través de su relación con los peces. Y dentro de ese relato…
Lateralmente aparece…
Intermitentemente aparece la política. Que eso también es algo muy difícil de conseguir, tanto en el relato político como en el erótico: que una vez que aparece la política no lo invada todo. Lo mismo como en el erotismo. Si aparece el erotismo en un relato que no mueva todas las piezas en la misma dirección. Esas fueron como dos maneras en las que yo intenté pensar sobre la política en ficción. Después, bueno, la dictadura se convirtió en el lugar común de muchas novelas, como una especie de campo súper explotado durante los años siguientes y dejó de interesarme.
La entrevista completa la podés leer acá
martes, 19 de octubre de 2010
La venganza del cordero atado

Camilo Blajaquis (seudónimo de César González), 21 años, escritor. Publicó su primer libro de poemas La venganza del cordero atado
–En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?
–“Y esa piña duele más que la del guardia”... puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza...”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir.
El resto de la entrevista la podés leer acá

